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miércoles, 10 de diciembre de 2008

Experimento II. Se acabó el suplicio.




Ese punto verde es dónde está localizada mi inteligencia. ¿Poca cosa no?

Bueno, hoy realicé la segunda parte del experimento. Estoy entero, por suerte. Es decir, no se quedó ningún fragmento de mi cuerpo en el laboratorio, a pesar de la extremada peligrosidad del asunto.

Por lo pronto la científica se había cambiado el color de la uñas. De negro a blanco. Eso me inquietó sobremanera. No por el cambio en sí… que visto la simbología colorística occidental sería una buena noticia, sino porque me advirtiera con resolución: “no son blancas”. Hombre, sé que los esquimales distinguen entre unos 30 tipos de blancos y asumo que soy varón y el sexo opuesto suele achacarnos que no salimos de los tres colores básicos (yo me vanaglorio de conocer el Kamel, pero vamos, porque fui asiduo fumador de la cajetilla del camello), pero cuando uno ve unas uñas blancas y la poseedora de las mismas niega la mayor, chungo. Ahí hay gato encerrado (o peor aún, yo encerrado, estoy en un laboratorio recordad).

El sudor frío empezó a recorrer el espinazo. Ya no podía dejar de pensar: uñas blancas que no son blancas, uñas blancas que no son blancas, uñas blancas que no son blancas. ¿Y si cuando me introduzco en la habitación del experimento -dos metros cuadrados, acolchado insonorizante, ordenador y poco más- en realidad esté penetrando en una zona en la que mi conciencia se aletarga, caigo en un profundo sueño y lo que está ocurriendo de verdad es que varios alienígenas experimentan con todos y cada uno de mis órganos introduciéndome todo tipo de líquidos viscosos y vete tú a saber pa qué?

Evidentemente deseché tal posibilidad al instante, un pellizco bien fuerte cuando la predoctora se distrajo (todavía no lo es, las cobayas contribuiremos a ello claro) certificó que allí estaba yo en la habitación acolchada y maldiciendo mi imaginación cinematográfica serie b.

Esta segunda parte del experimento era excesivamente familiar, vamos, digamos que era igual que la segunda parte de la otra parte. Ya sé que esto es un lio y parece excesivamente hermético, pero recordar, setenta páginas firmadas de contrato de confidencialidad acojonan a uno lo suficiente como para ponerse una cremallera en la boca y amputarse los dedos.

Pero yo que soy un truhan conseguí consensuar con la predoctora y toda su couplé de abogados de Harvard, Oxford y Ubrique una serie de ítems que podía desvelar, fuera parte un importante soborno: una piruleta de regaliz y un sello postal con un pirata sonriendo. Evidentemente el soborno no fue ese, pero también pertenece al ámbito del secreto. No me preguntéis por qué.

Así que el experimento consiste en: puntos pa arriba, puntos pa abajo, puntos que no se mueven pero te quieren hacer creer que se mueven, no se lo creen ni ellos claro, otra vez lo puntos, pa arriba, pa abajo… teclea, teclea, teclea, descansa. Más puntos. Gráficas, umbral perceptivo entre 5-8, eres normalito tío. Eso duele. Uno siempre quiere ser anormalito tirando pa arriba (pero visto la minúscula lenteja verde que es mi inteligencia, ya no me extraño de nada). Luego lo mismo pero con palabras, palabras y puntos claro, palabras y puntos, palabras y puntos, teclea, teclea. Piii, te has equivocado. Zosqui en toda la colleja. Ah, pica!!! Replico. Entran un par de enormes orangutanes (es decir tipos con sobredosis de testosterona y esteroides) los cuales sacan fustas de cuero entrelazadas con eslabones de aluminio punzante. “La próxima dolerá más baby, y disfrutaremos” leo en sus ojos y en la mueca entornada de sus labios. Es una exageración claro. Pero es la forma que tengo de motivarme en ese momento para decirme: estate más atento Álvaro cojones, que al final de tanto fallar ni te van a pagar. Seguimos. Palabras y puntos, palabras y puntos, sudor en frente, ritmo cardíaco acelerándose, ácido láctico en porcentajes elevado en sangre, estás exhausto, es un tourmalet, un record de la hora, una escalada al k-2, teclea, teclea, teclea, teclea. Fin.

Jo, qué me encantaría desvelar el secreto, pero no sólo es que atente contra mi palabra dada… que ya sería delito por mi parte… es que tengo todavía muchos proyectos por cumplir. Quiero vivir, entendedme.

Acabado el experimento y la explicación pertinente de por qué habían necesitado no sólo de mi cuerpo, presencia y cerebro sino de lo más difícil: mi concentración, salí de allí con un buen fajo de billetes en los bolsillos.

Rico por un día.

Por fin podría comprarme mi tan anhelado sándwich que se eleva en el medio de la estantería, bajo tres focos de tunsgteno que lo hacen destacar entre todos los sándwich del lugar: beicon, chorizo, tortilla, pollo, lechuga, tomate y pimienta… ummm, tiene hasta nombre “Imperial Royal chicken and bacon” un superbocata para bolsillos acaudalados como era entonces el mío.

Pero la duda me asaltó… ¿y si son en verdad alienígenas? La duda pasa con la velocidad del rayo a la certeza. Tanto que yo empecé a ver en verde.



Corrí, corrí, corrí aterrorizado hasta aterrizar moribundo en el hospital más cercano… el “University College Hospital” en Gower Street para más señas… y con ese lenguaje universal que son las acrobacias gestuales (ya sé que con “señas” me hubiera ahorrado verborrea, pero es que lo utilizo antes, y queda feo, muy feo) más un puñado de sofocados y desesperantes: “help me”, “help me”, “help me”, “please”, “please”, ¡QUE ME MUERO COÑO! conseguí que me metieran tubos, hicieran escáners, inyectaran remedios, proyectaran radiografías, tags, tigs, y hasta togs, para cerciorarse de que no me hubieran metido tubos, hicieran escáner, inyectado, etc… ningún alienígena que se pinta las uñas de blanco para decir que no lo son.

Luego una amable mujer de mediana edad, con un inglés tan exquisito que hasta yo lo entendí, me ofreció una pluralidad de formas de pago de las costas del tratamiento antigilipolleano que me habían aplicado.

Me gasté todo el dinero ganado con el experimento y ya me he apuntado a otros siete para poder hacer frente a la deuda.

Lo peor de todo es que me quede sin el “Imperial Royal chicken and bacon”. Pero algún día… lo conseguiré.

¿Quizás vendiendo algún órgano?

(El cerebro, visto lo visto, no)



jueves, 4 de diciembre de 2008

eL eXpeRiMenTO!!!!



Bajé del metro en la parada de Russel Square. De ultratumba ascendí por los angostos pasillos hasta la luz. Me dirigía a la Unviersidad, a los laboratorios, a ser presa de un experimento.

Es que aquí en Londres todo es muy caro y uno ha de sacarse la pela de dónde pueda.

Temía que el doctor fuera como el de ahí arriba, o en su defecto como el de ahí abajo.




Pero resulta que para mis suerte era una muchacha/chica/mujer (repito, nunca sé como llamarlas) muy simpática (morena y alta, como ella misma se autocalifica) que no me explicó de que trataba el tema porque tengo que regresar a rematar como una especie de secuela; entonces y sólo entonces me enteraré.

Ya os mantendré informado, siempre que los setenta folios del contrato de confidencialidad que he firmado me lo permitan claro.

Me decepcionó que no me recibiera en bata de Doctor, con una mano en el bolsillo agarrando algo que me devanaría por saber qué es y en la otra un estadillo con datos y cifras que no parase de observar. Para contrarestarlo tenía pintada las uñas de negro y yo siempre asocio las uñas pintada de negro con espíritus interesantes (eh...Dani... que te parece)

El meollo tienen que ver con el brain (lo que quizás sea más peligroso todavía) y no concurren fluidos, drogas, hipnosis ni demás gadjets acojonantes. En definitiva todos los líquidos de mi cuerpo siguen dónde estaban y tampoco he añadido nuevos. La pena es que yo albergaba el sueño infantil, la ilusión perenne de verme cubierto de diodos con lucecitas, silbidos y máquinas burbujeantes. Fue todo mucho más prosaico...

...y sencillo y relativamente fácil, incluso para mi. Lo siento, me veo obligado a guardar riguroso silencio del procedimiento no vaya a ser que revele sin querer algún secreto de estado; y ya tenemos lo nuestro para que encima se nos echen encima la CIA y el MI5 en operación conjunta (setenta folios de confidencialidad pesan mucho, ya arriesgo mi vida colgando estos breves apuntes)

Mariano ya lo hizo aunque con peor suerte, parece ser que el ordenador cascó en su rutina. O Mariano es un genio y tenía acelerada a la máquina hasta que se saturó o los equipos universitarios londinenses no son tan buenos como pintan.

Debe ser lo primero, porque un simple vistazo a las instalaciones de la University te queda más claro que España y Andalucía en concreto son más Africa que Europa (con to lo bueno y to lo malo que eso pudiera conllevar, ojo)

Hay un parque Bonito justo al lado de la Universidad (en uno de sus múltiples bancos me imagino a un físico nuclear alentando a una psicopedagoga a calentar sus narices rojas del frío con la fricción colateral provocada por el intercambio de fluidos bucales a través de besos premeditadamente estudiados, y una paloma cagándoseles encima, porque palomas hay muchas y atacan a cagarrones... que lo he presenciado y casi en primera persona, me libré por un pelo).

Para terminar algo que llamó poderosamente mi atención... pocos bares y cafeterías en los alrededores de la University... y es que claro, Londres es lo que tiene, que sus universitarios o están en clase, o estudian o hacen experimentos en laboratorios... y no se andan de palique, liguoteo, emborrache en los millones de bares que los rodean (con to lo bueno y to lo malo... ojo 2)