martes, 22 de mayo de 2012

¿Por qué juraría que nunca me pondría una chaqueta?



Uno con la edad debería aprender que formular aseveraciones tajantes sólo le van a llevar a uno a tener que contradecirse tarde o temprano.

Eso de que con la edad se aprende no es más que otra de esas grandes mentiras que más o menos todos damos por válidas.

A cada boda que voy formulo siempre la misma promesa: esta es la última boda a la que voy.

Todo deriva de una original promesa solemne que me hice a los catorce, a los quince o a los dieciséis; cuando mi credo eran las letras de Nirvana, mi uniforme unos pantalones rotos con una camiseta desvencijada y creía que el mundo se podía cambiar a base de gritos desafinados: nunca jamás vestiría de chaqueta. Y lo decía todo convencido. A cada boda que voy una bofetada de realidad me noquea, porque a todas ellas he ido con traje de chaqueta. Al final soy un pobre diablo al que le es más cómodo seguir los códigos que mantenerse fiel a sus promesas.

No lo acepto con elegancia ni mucho menos, cada vez que soy invitado a una, el enano cascarrabias que habita en mí sale a flote con todo su temperamento, durante sólo un par de momentos.

El 26 de Mayo, en Segovia, en la Iglesia de Trescasas se casan Cristina y Diego. Cristina es mi prima y Diego un tipo que sabe mucho de vinos y cócteles.

Y allí que el Álvaro se pondrá su traje de chaqueta, tras coger un par de trenes, otros tantos metros, un avión y con corbata y todo les felicitará de todo corazón a los novios para que sigan haciendo como hasta ahora: construyendo su felicidad.

Me lo pienso pasar bien, pienso comer y beber y disfrutar y estar un rato con mi familia, a los que no veo a algunos desde hace ya un par de años y qué mejor que una boda para ponerle remedio!!!

Y ahí que iré, en definitiva, encantando de romper de nuevo mi promesa de los quince años, y preparado de nuevo para nada más terminar y cuando mi aliento envenenado con alcohol se pelee contra la almohada dejar suelto de nuevo al enano gruñón y proclamar a los cuatro vientos: esta es la última boda a la que voy.

Y es que...

como todos sabemos.

con la edad no se aprende.






martes, 1 de mayo de 2012

La luz en una ciudad donde llueve.




En Londres llueve a menudo, pero más que llover, es que el cielo suele estar siempre encapotado, gris, apenas incluso puedes discernir las nubes, sino que más bien es un manto uniforme que te orienta a la melancolía.

A pesar de ello una de las cosas que me fascinan de esta ciudad es su luz, una tonalidad acaramelada que cuando el sol tiene recovecos por donde colarse, la proyecta con toda su ternura. El sol de Londres no quema, no pica, acaricia.

Y hablando de esos recovecos. Mi impericia fotográfica, unida a la parquedad de los medios, me han imposibilitado mostraros uno de los efectos con que ese manto de nubes, huecos y sol a veces nos cautivan.

Eran algo así como las cinco de la tarde. Domingo. Estaba en el White Horse, un bar de la casa de cervezas Samuel Smith. Anibal y yo hablábamos de futuros viajes, proyectos, anécdotas y de lo que la vida te da para que lo cuentes bebiendo una Alphine en el Soho.

Salí a fumar un cigarrito. El cielo encapotado, proyectando una tenue luz uniforme suficiente para distinguir con claridad la calle y sus transeúntes tal y como apreciáis en la segunda foto.  Pero más allá, en un firmamento que la misma ciudad y sus edificios te impide distinguir, unos rayos se colaban por un resquicio y apuntaban con todo su esplendor el edificio blanco, que quedaba como alumbrado, pareciendo una bastión de marmol incandescente luchando contra el paraje sombrío.

Fue un rato, el tiempo de fumarme el cigarro, suficiente para tomar estas malas fotos; que ni se acercan un milímetro a la verdadera estampa que allí se estaba produciendo.

Así que estad ciudad de lluvia, frío y notable ausencia de sol, de vez en cuando se entrometen instantáneas que le dejan a uno sin aliento.

Londres.

Y ahora me voy a tender la ropa, esa si que echa de menos al sol, que acaba de terminar la lavadora.

martes, 10 de abril de 2012

En la isla.


Hoy justo hace una semana que desembarqué de nuevo en Londres tras pasar unos buenos días en Lanzarote.

Desde entonces no he visto ni un minuto el sol.

Ya estoy de nuevo acoplado a mi rutina y he de decir que esta vez me costó un poquito más de lo habitual. Lo días allí fueron, como siempre, especiales.

No sólo porque fuera a dos cumpleaños, o a una huelga, o a un teatro en un patio al aire libre donde representaban pequeños trozos de las obras más importantes de Tennesse Williams o porque me dejará un rato tostar en la playa, o porque me bautizara, que es como llaman a la primera vez que te sumerges para probar si te mola eso del submarinismo, o porque todos los días probara comida rica, rica. Todo eso ayudó, pero lo que hace inolvidable siempre el paso por Lanzarote es la gente que encuentro allí. Especialmente los granujas de Diego y Diana.

Además esta vez hubo visita relámpago de la mujer que me parió: mi madre para mas señas. La persona que mejor me sabe cuidar del mundo entero.

Así que...

...ahí estoy...

...contando los días para regresar.

(esperando que en la próxima haya menos kalima)



jueves, 22 de marzo de 2012

De derechos de autor, descargas ilegales y libros.



Está la consabida frase de que internet lo ha cambiado todo. Y de hecho así es.

Ahora con un click puedes tener una película, un videojuego, un álbum o un libro. La pregunta es ¿cómo se paga eso? El sentido común dicta que la industria del entretenimiento/cultura se ha de adaptar a esta nueva era. El problema es que parece ser que se muestra reticente a hacerlo.

Como este es un tema tan amplio como un océano voy a hablar de los libros en particular y de la mi experiencia tanto como usuario, como de eventual productor de cultura y entretenimiento pues ahora mismo estoy inmerso en la escritura de la novela (más que inmerso, digamos mejor que estoy en la fase de meter los pies en el charco).

Empecemos diciendo que voy a Amazon o al Waterstone de la esquina y busco el libro "La marujilla de peluca rosa que quería comerse un helado de pistacho" (no existente, al menos eso creo). Es un libro con copyright y de cuya compra se benefician económicamente la tienda que lo vende, el editor, el transportista, el traductor si lo hay, el autor, el tipo que vende papel y el tipo que corta el árbol y todo el ecosistema en definitiva que ha de sacar tajada cuando un libro de papel está en una estantería listo para venderse. En Amazon me cobran once euros con el envío incluido y en Waterstone doce contando con el esfuerzo motriz de mis piernas para llevarlos allá donde quiera empezar a leerlo. No voy a valorar si el precio es justo o ajustado, no tengo ni pajolera idea.

Pero claro, como no sé si me va a gustar mucho las aventuras de "La Marujilla de peluca rosa..." tecleo y resulta que Amazon o cualquier otra tienda de libros on-line me la vende a diez euros. Aquí chirría. ¿Lo oís? Aquí no hay tipo que corte árboles (lo cual imagino que todos estaremos de acuerdo que es incluso un avance, un avance ecológico), aquí no hay tipo que transporte la madera, ni que la transforme en papel, ni que corte el papel y lo imprima con caracteres, ni quién lo lleve a un centro de distribución para alcanzar finalmente el almacén de la tienda on-line o la estantería de la librería tradicional, por no haber no está ni el adolescente ojeroso con resaca empleado a tiempo parcial mientras estudia un master en dirección de empresa que realiza la operación de transacción entre el dinero y el libro (bon voyage a aquellas librería cuyos empleados sabían al menos lo que era un libro).

Y claro, aunque el IVA en los libros electrónicos sea notablemente superior, no creo que ese euro que me ahorro en comprar su versión digital sea la tajada de beneficio que sacan todos los demás involucrados en venderme la versión en papel (ni el leñador ni el adolescente resacoso ven un céntimo de esos once euros, ni el conductor del trailer que los trae a Londres). Así que tengo la sospecha de que me cobren un sólo euro más barato la versión digital de un libro que la versión de papel es un timo. Me están timando. Más aún si cabe que sólo escribiendo "La Marujilla de peluca rosa... PDF" lo tengo accesible a la distancia de un click y completamente gratis. Aquí ya nadie cobra ni saca tajada, a los sumo si el sitio desde el cual te lo descargas pertenece a un jeta que usa la publicidad en su portal para lucrarse del trabajo de los otros.

La industria se tiene que poner las pilas y principalmente no tomar a sus clientes como gilipollas. Y si el precio de un libro electrónico no puede bajarse de once euros y ese es el precio más competitivo que la industria puede ofrecer, es que la industria está ya de entrada completamente obsoleta y que irremediablemente acabará muriendo. Aunque más que obsoleta, todo indica a que simplemente tiene la caradura de querer sacar una tajada extra con la venta de libros electrónicos a costa del usuario, del lector, del tipo que quiere leer el libro. Eso o que simplemente está acojonada con los nuevos tiempos y en vez de coger el toro por los cuernos, prefiere mantener artificialmente la hegemonía de un sistema que si que está claramente obsoleto. Y como futurible autor que soy, lo mismo. Si al final acabo mi novela, la publican y cualquier tienda la pretende cobrar sólo un euro más barato en la versión digital que en la de papel, con todo el dolor de mi corazón entenderé que mi posible lector diga "al carajo" "si aquí lo tengo gratis" "click, click, click" y que los beneficios de mi novela no den ni para café. En definitiva, mi cabreo no iría encima contra el tipo que me quiere leer, sino con la industria que lo toma por gilipollas.

Así que, resumiendo, creo que el primer paso que la industria debería emprender para evitar las descargas ilegales es no tratar a sus usuarios como gilipollas. Y creo que la mejor manera que tiene el usuario para corregir que le traten como gilipollas es tomar gratis aquello que le están sobrecargando con la esperanza de que la industria comprenda finalmente que los usuarios no son tan gilipollas como para tragarse que un libro electrónico sólo puede costar un euro más barato que en papel.

El segundo paso que podría emprender la industria sería el de la agilidad. Ejemplo que me pasó hace no poco. Estaba relativamente interesado en un libro de ciencia ficción, Mindscan de Robert J. Sawyer. Lo quería ojear más que leer, descubrir cómo el autor había escrito la novela, quizás tomar un par de ideas, en definitiva usarlo de documentación para lo que yo ahora mismo estoy escribiendo. No quería gastarme una pasta, no soy rico, en un libro al que unicamente utilizaría como consulta, además como éste podría resolver una serie de dudas que tenía en aquel momento sobre mi propia novela, lo quería lo antes posible.

Voy a Amazon y para empezar sólo tienen la versión papel, bastante cara por cierto y con un envío de tres días si pago un pellizco más o uno de una semana si lo quiero gratuito. No quiero esperar así que sigo buscando en los diferentes Amazon y lo encuentro en su versión para Kindle en Amazon España y en inglés (ni siquiera traducido), pero bueno como vivo en Londres y ya me ha dado tiempo a comprender el idioma de las islas, no problemo. Entonces dos obstáculos se me presentan, uno ético y otro insalvable. El ético, que creo que me están tratando como gilipollas al querer cobrarme más de lo que estimo que es el valor de un libro digital, más aún cuando en realidad ni estoy interesado en leerlo, sólo quiero ojearlo por encima. Pero bueno, accedo, lo voy a pagar; todo sea para que el tal Sawyer se pueda tomar un café. Salvado el obstáculo ético, viene el insalvable. Resulta que no lo puedo comprar.

Mi kindle está localizado en Uk y no puedo descargar libros desde Amazon españa. Como me parece inaudito escribo un correo al departamento de atención al cliente de Amazon exponiéndoles mi perplejidad de que desde Gran Bretaña no pueda comprar un libro digital en inglés pero que si está disponible, en inglés, en España. Me responden que es una cuestión de la editorial, que da el visto bueno para que se venda en digital en España pero que no en el Reino Unido y que la única opción que me dejan es clickear en una especie de "solicitud" que ellos le pasan a la editorial para advertirles de que hay usuarios interesados en que se les venda la versión digital en Reino Unido. No se ustedes, pero a mi esto me parece de risa. ¿Cuánto tardé en darme cuenta de que no podría descargar el libro en mi kindle, buscarlo en los distintos Amazons, escribir el correo, esperar la contestación y todo sobre un libro que ni siquiera quiero leer, sólo consultar? Fueron en total unas dos horas. Cuanto hubiera tardado en descargarlo desde un portal y tenerlo completamente gratis en mi ordenador: cinco minutos.

Si ilegalmente y gratis puedo tenerlo en cinco minutos, las editorial de los cojones, ya no es que me lo cobre a un sobreprecio tratándome como un gilipollas, es que ni me lo vende.

Internet le brinda la posibilidad a la industria de ser ágil, es su problema si no quiere serlo.

Innovación. Aparte de que la industria no nos tome por gilipollas y eventualmente fuera más ágil y accesible que la descargas ilegales para precisamente combatirlas, la industria debe innovar. Ya sabéis que estoy escribiendo una novela, para escribir hay que leer mucho. He comprado ya varios libros: "beggars in Spain", "Flashforward", "La ciencia de lo imposible", etc. Y voy a tener que comprar más. Resulta que en mi casa descansa de mi tiempo universitario la obra en cuatro volúmenes de Martin Campbell: "Las máscaras de Dios". Son como cuatro mil páginas en cuatro ladrillos que podrán pesar cinco quilos. Está claro que no quiero leerlo de cabo a rabo, sino ojear varios capítulos los cuáles sé que me van a ser de mucha utilidad para producir a su vez cultura. Ya los compré en su momento, pero está ahora como a un par de miles de kilómetros de distancia y no me voy a gastar de nuevo los cien euros que cuestan para releer un par de capítulos.

Están las bibliotecas, puedo ir pateando de biblioteca en biblioteca hasta que de con ellos, incluso algunas puede incluso que tengan colgado su catálogo y me ahorre la caminata. Los libros aparte de ser un medio para que mucha gente se gane la vida, son cultura a su vez, son herramientas que otros usan para producir más cultura. No da lugar aquí al debate de si la cultura debe ser libre o no, gratis o no, lo que me pregunto es si es lícito que me gaste de nuevo cien euros en unos tomos que ya tengo pero que por circunstancias de la vida ahora están lejos de mi, más si cabe si sólo los quiero consultar. De la que se deriva la siguiente cuesitón: ¿hay medios técnicos hoy por los cuales yo pudiera acceder de forma sencilla a unos libros que ya he comprado o que sólo quiero consultar? Si, los hay, otra cosa es que la industria quiera innovar.

Por qué no cada vez que te compras un libro en papel te adjunten una copia en digital que pudieras almacenar en una "nube" o en tu propio ordenador y tenerlo allá donde estés. O por qué no una asociación tipo librería virtual que pagando una tasa anual, mensual o lo que fuera, tuvieras a tu disposición un vasto catálogo que consultar... no libros para pasar el rato en el metro, libros sobre antropología, historia, psicología, física, libros que te ayudasen a generar más cultura, a investigar, a producir nuevas ideas, en definitiva, como dice la canción, para cambiar el mundo.

Y lo mismo que con la agilidad, si la industria no innova, es su problema.

Así que no me jodas industria, si quieres evitar las descargas ilegales, y en definitiva, si quieres sobrevivir, no me trates como un gilipollas, se más ágil y por favor, innova; que si algún día me convierto en autor quiero tener al menos para tomarme un café.



jueves, 1 de marzo de 2012

La edad de cristo.



Por ahora unas ochenta y seis felicitaciones en facebook a las que he contestado puntualmente una a una, nueve emails, una tarjeta de proveniente de Australia, ocho whatsapp, once llamadas, un poco de cash, una muela menos, una carta que vino volando desde Katowice, un carrom, un whisky Jameson de los del trabajo y alguna que otra felicitación face to face.

He seguido unas pocas tradiciones. Me han tirado de las orejas, he repartido caramelos en el colegio (bueno, en las clases de español que estoy dando y en el curro que eso si que es como el colegio) y por supuesto he tenido fresas; que es desde chiquitito la forma que tenía mi madre de celebrar la llegada de mi cumpleaños. Y es la que más ininterrumpidamente se mantiene.

En definitiva está siendo un buen cumpleaños.

En cada efeméride le doy un poco al coco, no más de quince minutos, que se de sobra que darle al coco mucho es contraproducente. Utilizo catorce de esos quince en repasar someramente el año, y ver si las cosas que me dije 365 (66 en este caso) días atrás más o menos se han cumplido. Me quise tomar la vida con más calma y dejar un poco de lado la nocturnidad y la alevosía y es algo que he conseguido con creces y me propuse también tomar un rumbo, fuera cual fuera, pero rumbo; y con lo de la novelita y las clases de español creo que ahí ahí estoy en ello. Puedo dar, pues, el saldo como positivo.

El minuto que resta se concentra en recordarme a mi mismo lo suertudo que soy, en general, con una muela menos, a tocarme la cabeza que es pura madera y desear que todo siga igual, al menos que no cambie lo más importante: ustedes.

Así que desde aquí, a todos, gracias. Y a los que no se acordaron, pues nada, gracias también, que estoy seguro que algún año me olvidaré yo si no lo hice ya; no me lo tengáis en cuenta.

And Maree you are freaking awesome, thanks to remember the strawberry tradition and spoilt me with them!!!

martes, 28 de febrero de 2012

Una danza incorpórea de acercamiento a Katowice.



¿De qué material está hecha la amistad? Cuál es su composición, o su estado. ¿Es la amistad gaseosa? ¿líquida? ¿sólida? Cómo crece, qué cauces y pautas transita en su desarrollo, cómo se transforma, ¿es posible enumerar sus diversas formas de disolución?

A la amistad no se le puede someter a un análisis químico.

Amigo desde los pañales o desde cuando intercambiabas cromos de futbolistas, o desde que vais juntos andando al conservatorio, amigos desde el primer cigarro furtivo o desde la borrachera cantando "Losing My Religion" en el Tierra, tu primer amigo del trabajo, tu primera amiga, tu mejor amiga, tu socio, tu compadre, la secretaria, el tio con el que llevas viviendo tres años, el tipo con el que te viniste a Londres, al que acabas de conocer o con el que casi cada semana buscas un pub para tomar una pinta. La amiga que conociste a través de otra amiga que conociste haciendo cola para un casting. El amigo que se fue, el que no llegó; al que solo con una sola mirada cómplice entiendes, con el que siempre discutes, con el que no tienes nada que ver, o a los que son fotocopias.

Con una sola palabra, amistad, al final encorsetamos una gama infinita de variaciones que denuncian lo fútil del intento de encorsetarlos, precisamente, en una sola palabra.

Nada nuevo, a la amistad, o a las relaciones que espontánemamente identificamos como de "amistad" son tan vastas, gigantescas y distintas que cualquier intento de definirla y en consecuencia, domarla, es desde su principio una aventura suicida.

A ella la conocí en el trabajo. Durante casi un año coincidíamos a veces cuatro días con regularidad en la misma semana. Nunca tomamos muchos cafés juntos, alguna que otra vez corrimos una juerga con los del curro, donde las amistades no son más que sumas. Tuvimos un par, dos o tres, conversaciones personales... y no me refiero a esos entremeses de treinta segundos donde una especie de cortesía te obliga a preguntar como está la vida, el novio, o la familia; me refiero a conversaciones largas, una vez incluso con una pinta, conversaciones de mesa de por medio. Ya empezaba a saber algo de su biografía, a conocer algunas manías, defectos. Y estoy casi seguro que si ella o yo hubiéramos cambiado de trabajo, o alguno se hubiera mudado a otra ciudad, nuestra amistad se hubiera ido disipando poco a poco. En las amistades que brotan entre extranjeros en Londres abunda una pauta común, una peculiaridad: el tránsito.

No con eso digo que nuestra amistad fuera insustancial. No creo que la calidad de una amistad haya de permanecer siempre unida al parámetro de la duración. Creo que algunas amistades se convierten en gaseosas, que desaparecen, pero que de algún modo aún siguen ahí, dispuestas a solidificarse a la menor señal.

Natalia y yo éramos compañeros y amigos. Una amistad aún tierna, elaborándose todavía. Pero Natalia cambió de ciudad. De repente se mudó. De la noche a la mañana ya no volvería a Londres, al menos por un tiempo prolongado.

Aunque esta vez, la peculiaridad no se cumplió. Es decir, nuestra amistad ni siquiera se ha gaseosificado.

Y acierto al decir que ahora me siento más cerca de ella que antes, como cuando cada día que la veía la tiraba un poco del mal genio. Quizás a la amistad se la pueda considerar como danza incorpórea de acercamiento.

La foto de ahí arriba es mi primer regalo de cumpleaños de este año. Es una especie de poesía vital y con mucho sentido del humor, además de una postal de Katowice, según ella la ciudad más fea de toda Polonia y a la que tuvo que volver forzosamente a instalarse.

Así que con esta breve reflexión sobre la amistad y de exhibición de la nuestra, lo que quiero decirte Natalia es simplemente que gracias. Y es que con ese punto egoista que toda amistad para que sea tal, ha de conllevar, he de decirte que tú como amiga me das mucho, me enseñas, y gracias a ti y a lo que el mantenimiento de nuestra amistad supone, mi inspiras a encarar la vida desde otra perspectiva, y no me equivoco si la etiqueto de más sabia.

Eres un regalo, gaseoso, líquido y sólido.

Un beso guapa.

miércoles, 22 de febrero de 2012

Martes cocinando.



Resulta que desde que estoy en régimen de empleado a tiempo parcial tomé la decisión de cocinar para los que habitan la casa cada martes.

Hice espinacas a la sevillana, lentejas, garbanzos, ratatouille -en la foto- y ayer lombarda con tinto y bacon.

Nos sentamos en la mesa, y con una cerveza, vino o misma agua, le damos al tenedor o a la cuchara.

La conversación es la sal del asunto.

Por ahora no he tenido muy malas críticas.

La semana que viene creo que voy a tirar por un arroz caldoso, con pollo. Si alguno sabe alguna buena receta que no deje de decírmelo.

Y poco más.

Y me di cuenta, que si se hace con tiempo, cocinar relaja.


jueves, 9 de febrero de 2012

Un garbeo por París.



Desembarqué en la ciudad donde se proclamó la igualdad, la fraternidad y la libertad esperando comer Ratatuille, expectante por comprobar si es tan bonita como todo el mundo pregona y en definitiva a pasar un buen fin de semana pero entre semana.

Y con lo primero que me topé de Paris es con su indescifrable mapa del metro, acostumbrado a la pulcritud y claridad del Londinense, ese entramado ladeado de lineas serpenteantes y discontinuas se me antojó inescrutable, y así fue durante casi todo el viaje. Ya dentro del mismo, la impresión no mejoró; sucio, congestionado, aunque la regularidad de los trenes aceleraba al menos tu estancia en el inhóspito subterraneo parisino.

Luego un paseo por los gélidos Campos Eliseos y el Arco del Triunfo, que bueno, es un arco ahí en medio, haciendo de rotonda. Muy grande, muy bonito.

Dejado los macutos en el hotel, Hotel de Sevigne, céntrico, limpio, acogedor y con un servicio muy hospitalario; desde la limpiadora que te ayuda a abrir la puerta del hotel porque ya no sabes manejar tarjetas de entrada de tanto tiempo que no usas una, hasta la recepcionista que sin preguntárselo nos ofrece un itinerario alternativo y unas cuantas tips para nuestro último día de estancia. El cliché de que los parisinos son unos maleducados henchidos de sí mismos empieza a desquebrajarse.

Nos vamos a la torre Eiffel. 300 metros de acero que subimos hasta a la mitad a pata. Luego un ascensor nos condujo hasta la cúspide y allí pues hicimos como buenos turistas, echamos fotos, fumamos un cigarro y fuimos regañado por ello.

Comimos un menú en un restaurante que me recomendó un cliente habitual parisino. Chez Clément. Es así como una cadena de restauración tradicional. Ratatouille no había, pero un montón de cosas que sonaban a platos antiguos. Al final comí pescado con patatas al horno. No muy bueno, no muy caro, 15,90 por cabeza en los Campos Elíseos. Aceptable.

Luego oímos una misa cantada en Notre Dame y he de decir que es la catedral más bonita que he visto en mi vida, y no es que haya visto pocas. Tiene algo distinto, estaba atardeciendo, y las vidrieras le daban un color azul atenuado que te envolvían. Y allí encendí una vela, de esas que sirven para cumplir plegarias, pensando en alguien que de aquí a no poco se enfrenta con la vida. Ella no cree mucho en esas cosas, yo tampoco, pero supongo que toda ayuda es buena.

Y en una esquina, con la vistas de Notre Dame, pagamos en una cafetería por un poco de agua caliente y dos bolsas de te algo así como nueve euros. Como que mejor no pongo el enlace.

Paseo de vuelta y cena en Café Brassac donde muy amablemente nos sirvieron por 63 libras, un par de buenos platos, un par de grandiosos vinos y un postre alucinante. En particular mi solomillo estaba para tirar cohetes. Caro pero excelente ambiente, así como modernete y la materia prima ejemplar. Pedí ratatouille pero se olvidaron de servirlo.

Al día siguiente paseito por Montmartre, obedeciendo recomendaciones de mi amiga María la Mejicana. Hacía algo así como ocho bajo cero, así que la cosa se acortó y ni siquiera llegamos al Moulin Rouge. Tomamos un refrigerio en el Café du Theatre que recomiendo por lo genuino que es. Así se respira franchutismo a tope. Y luego a la Basílica du Sacre Coeur, que está ahí en una colina a la que accedimos por un telesférico, que ya las piernas después de la Eiffel no estaban para más escalones. Unas vistas inolvidables, una panorámica de toda la capital francesa, que debe ser acojonante para un atardecer.

Y por la tarde el Louvre. Y qué decir del Louvre... a mí sólo se me ocurre una cosa: demasiado grande.

Después del jaelo de cuadros y cuadros, salas y salas, cuadros y cuadros, último vino en un bar fashion llamado Unisex. Y efectivamente como el nombre indica, cuando bajas las escaleras para vaciar el agua al canario, ves que por la puerta del servicio entra todo cristo, con canario o sin él.

Paseo por las Tullerías, cruzar un estanque helado, plaza de la Concordia con obelisco egipcio y ruidosa excursión escolar incluida, bocata, recoge maleta, estación y pa casa.

Así fue en definitiva el fin de semana entre semana en París. Supongo que con mejor tiempo pasear se hubiera convertido en una actividad más placentera. Es cara de cojones, hasta límites ridículos, lo único más barato en comparación con Londres creo que fue el tabaco. Los franceses con los que nos topamos muy prestos a entenderte, a ayudarte y siempre con una sonrisa en la boca; así que en lo que a mi experiencia respecta, el cliché roto del todo, los parisinos son encantadores. El Siena lindo lindo, ahí con los puentes y las farolas y las chicas con bufandas blancas y los tipos con pañuelos.

He de repetir, en realidad querría haber ido al d´Orsay, imperdonable que no me haya pasado por el College de France después de cinco años de carrera oyendo de él y sobretodo y ante todo, pecado que me fuera de allí sin hacer lo que pretendía haber hecho: probar el famoso Ratatouille.

Y es cierto, es tan bonita como todo el mundo pregona, Paris es amplitud y croissants.


jueves, 2 de febrero de 2012

Una tarde en Craven Cottage.



Ayer estuve en mi primer partido de la Premier League. Ya era hora, después de más de tres años.

Se enfrentaban el equipo de mi barrio, el Fulham contra el West Bromwich Albion... el tercer equipo de Birmingham. No tenían mucho que ganar, tampoco mucho que perder, mitad de la tabla, lejos del descenso, lejos de europa, vagando en la tierra anodina de la mediocridad, si a eso añadimos que los termómetros marcaban menos un grado no creía yo que fuéramos a tener muchos problemas espacio. Y mi sorpresa fue que el estadio, el Craven Cottage estaba completamente lleno.

El encuentro fue también sorpresivo por el gusto por el balón que mostraron ambos equipos. Toda la vida oyendo la cantinela de que en las islas se juega al pelotazo y resulta que estos dos equipos pequeños se disputaron la media cancha, intentando hacerse dueños del territorio desde donde se ganan los partidos. A reventar.

Aquí aman a sus equipos.

Sólo reconocí a Senderos, un defensa aguerrido que solía jugar en el Arsenal y me quedo con el 21 del West Bromwich, un tipo que de verdad sabe repartir juego.

Quedaron 1 a 1, goles de un tal Dempsey en el 70´y luego el empate de un tal Tchoyi en el 82´. De rigor, como no nos iban los colores, salimos cinco minutitos antes.

Fue, en fin, una tarde de fútbol, en uno de los estadios con más solera, el Craven Cottage, a una media hora de casa andando, y con una estatua gigante de Michael Jackson mirando desde la grada al río.

martes, 31 de enero de 2012

National Lottery.



En casi todos los lugares donde puedas comprar una cerveza, un poco de jamon york, panchitos y noodles instantáneos, podrás adquirir también un rasca, rasca... osea en todos los supermercados y en casi todos los hindios 24 horas.

Las cartulinas te cuestan desde una libra hasta cinco y los premios van desde el millón de libras a las ocho mil o a un sueldo de 40.000 para toda la vida, quitándole previamente los impuestos.

Los juegos suelen ser bastante simiscos... rasca y si el número da diez o siete ganas el premio, rasca y si el simbolito coincide, ganas premio.

En cada cartulina viene especificadas las "overall odd of winning a prize", osea, las probabilidades de que la cartulina tenga premio. En el caso de la foto es de 1 en 3,79. Es decir, que de media, si compras cuatro, al menos una debería tener algún tipo de premio.

Ese cartón de la foto es el doceavo, el que ha parado la racha. Hace como un mes compré uno y me tocaron cinco libras, con lo que reinvertí en otro, y de nuevo cinco libras, con ese me tocarón diez y compré dos en los cuales me tocaron cinco y diez de nuevo y compré tres, luego me toco otras cinco libras y así hasta llegar al doceavo cartón. El premio más suculento que he conseguido ha sido de diez libras y luego varios de cinco. Así que tocar, toca.

La lotería aquí es toda una institución y revierte el 28% de sus beneficios en buenas causas. Parece ser que han invertido hasta la fecha alrededor de 27 billones -billones ingleses- y dan parte de ello en "Good causes story"

Es bueno saber que 2,8 libras de la inversión inicial de 5 que hice en aquel cartoncito que me ha conducido a rascar otros once han podido contribuir a restaurar una pintura de William Blake, a la mejora de un centro de sordomudos de Southampton o que pueda emular el éxito de taquilla y crítica de la última ganadora de los oscars.

Así que cuando estés por aquí, ya viviendo o de vacaciones, y te entra el gusanillo y entras en un 24 horas y le compras a un tipo con turbante una Red Stripe, un sandwich de pollo tandoori, y unas pataticas fritas para irlas a comerlas a Hyde Park... sueña también con ser millonario, es una forma de hacer caridad.